Valledupar volvió a aparecer bien posicionada en los informes nacionales. Según el DANE, la ciudad registró una inflación mensual de 0,80 % en enero, por debajo del promedio del país. El dato, celebrado por la administración local, refuerza una tendencia que se ha repetido en los últimos años: el costo de vida en la capital del Cesar crece menos que en otras ciudades. Pero la pregunta incómoda sigue siendo la misma: ¿a quién le sirve realmente esta estabilidad?
La inflación baja suele interpretarse como una señal de buena salud económica. Sin embargo, en territorios con altos niveles de informalidad y bajos ingresos promedio, también puede ser el reflejo de una economía contenida, donde el consumo no despega porque buena parte de la población simplemente no tiene cómo gastar más.
En Valledupar, la inflación anual fue de 3,86 %, frente al 5,35 % del promedio nacional. Técnicamente, es un buen resultado. En la práctica, muchos hogares no sienten alivio. Los precios suben menos, sí, pero los ingresos también crecen poco o nada. El problema no siempre es cuánto sube el arroz, sino si alcanza para comprarlo.

Las explicaciones oficiales apuntan a la estabilidad en alimentos, servicios públicos y transporte, así como al fortalecimiento del comercio y la realización de eventos que dinamizan la economía. Todo esto tiene algo de cierto. Pero también es cierto que esos beneficios no llegan por igual a todos los barrios ni a todos los sectores productivos. La economía de eventos, por ejemplo, suele ser estacional y concentrada, mientras que el empleo informal sigue siendo la norma para miles de vallenatos.
Reacciones y expectativas
Desde la administración municipal, liderada por el alcalde Ernesto Orozco, se ha recibido el dato con optimismo, señalando que la estabilidad de precios favorece la reactivación económica y el turismo, especialmente de cara a los eventos que la ciudad proyecta para el primer semestre del año.
Sin embargo, los analistas advierten que, aunque Valledupar lidera la tabla de las ciudades más económicas, no es inmune a factores externos como la volatilidad del dólar o los precios internacionales de los combustibles, que podrían presionar el costo de vida en los próximos meses.
Por su parte el economista José Antonio Larrazábal ha señalado que los incrementos moderados en servicios como el agua han ayudado a contener el indicador general. Sin embargo, una inflación baja sostenida también puede ser señal de un mercado con baja demanda, donde comerciantes venden menos y prefieren no subir precios para no perder clientes.
El contraste con otras ciudades es revelador. Mientras Valledupar, Sincelejo y Cúcuta muestran cifras contenidas, capitales como Bucaramanga o Ibagué registran aumentos más fuertes. Esto no significa necesariamente que unas lo estén haciendo mejor que otras, sino que las dinámicas económicas locales son distintas y responden a realidades sociales profundas.

Por eso, celebrar la inflación baja sin mirar el contexto puede llevar a conclusiones cómodas, pero incompletas. La verdadera discusión debería centrarse en si esta estabilidad de precios está acompañada de más empleo formal, mejores salarios y mayor capacidad de consumo. De lo contrario, el riesgo es confundir quietud económica con fortaleza.
Valledupar tiene hoy una inflación controlada. El desafío es que ese dato no sea solo una buena cifra para los informes, sino el punto de partida para una economía más activa, más justa y con oportunidades reales para quienes viven del día a día.
