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Valledupar se viste de amarillo con florecimiento de puyes y cañaguates

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A comienzos de año, algo cambia en Valledupar. No es solo el calor ni el polvo que anuncia la temporada seca. Es el color. De un día para otro, las calles, los patios, las avenidas y los caminos rurales se tiñen de amarillo intenso. Los cañaguates, puyes y algunas especies de roble comienzan a florecer.

El espectáculo no pasa desapercibido. Árboles que durante meses parecían silenciosos, de pronto estallan en flores brillantes que caen como alfombras sobre el suelo. Para muchos vallenatos, esta escena es más que un paisaje bonito: es una señal del tiempo, una memoria compartida, una costumbre que se repite año tras año.

El cañaguate —árbol nativo de las regiones secas del Caribe colombiano— florece justo cuando escasea el agua. Sus flores aparecen cuando el árbol pierde las hojas, como si resistiera la dureza del clima con belleza. En Valledupar, su floración suele coincidir con los meses más secos, recordando la estrecha relación entre la naturaleza y el ritmo de la vida cotidiana.

El puy y una especie del roble son centinelas silenciosos que durante meses se vistieron de una timidez gris y seca, pero en estos días han decidido, por fin, gritarle al cielo su alegría.

No es un amarillo cualquiera; es el tono exacto de la nostalgia cuando se vuelve esperanza. El puy, el cañaguate y el roble no florecen con permiso, lo hacen con la arrogancia de quien sabe que son los dueños legítimos del paisaje. Algunos toman fotos, otros barren las flores caídas frente a sus casas con una mezcla de paciencia y cariño. Los más viejos recuerdan cuando los cañaguates eran más abundantes y daban sombra generosa en caminos hoy cubiertos de cemento.

Árboles de cañaguate y puy florecen en plena temporada seca en el Cesar
En plena temporada seca, los árboles de cañaguate y puy se engalanan para ofrecer un bonito espectáculo natural a propios y visitantes. Foto: Anatol Mendoza.

Parecen copos de algodón bañados en la fragua del sol, diría algún abuelo sentado en su mecedora, mientras ve cómo el viento de febrero juega a deshojar la corona del árbol para alfombrar el pavimento.

Un romance con la sequedad

Es curioso, y casi poético, que sea el rigor del verano el que arranque semejante belleza. En el Valle, donde el calor aprieta y el río Guatapurí canta bajito entre las piedras, estos árboles nos enseñan que la adversidad tiene su propia primavera. Mientras otros languidecen, él se despoja de sus hojas para que nada opaque su vestido de gala.

Es un espectáculo efímero, como los amores de festival. Dura apenas unos días, lo que tarda un suspiro en cruzar la Plaza Alfonso López. Por eso, el vallenato de pura cepa se detiene. El afán del mototaxi se pausa y la señora que va para el mercado levanta la vista. Es obligatorio mirar. No hacerlo sería un pecado de ingratitud con la tierra.

La memoria del amarillo

Para quienes hemos visto pasar los años bajo la sombra de estos gigantes, ese florecimiento es un reloj biológico. Nos recuerda que la vida sigue, que a pesar de las penas que a veces nublan el Cesar, el ciclo de la naturaleza es terco y generoso.Mientras tanto, Valledupar sigue mirándose en ese amarillo intenso, breve y luminoso, como una promesa que vuelve cada año y pide no ser olvidada.

Mañana, las flores serán una alfombra marchita bajo los pies de los transeúntes, y el árbol volverá a su austera desnudez. Pero hoy, Valledupar no envidia el oro de ninguna mina. Tenemos el nuestro, colgado de las ramas, recordándonos que somos hijos de la luz y que, al menos una vez al año, el cielo baja a besarnos vestido de cañaguate, puy y roble.

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