En estos cálidos días de diciembre la solidaridad del vallenato se tradujo en bolsas de aguinaldos que llegaron a los rincones más necesitados de la ciudad. Es así que mientras el sol canicular empieza a ceder ante la brisa fresca, en los barrios de la periferia vallenata el ambiente huele a esperanza.
No es solo el aroma del sancocho comunitario, el sonido de los villancicos o la alegre música decembrina que salen de radios viejos; es el movimiento silencioso, pero imparable, de decenas de ciudadanos que han decidido que en Valledupar este mes se celebra compartiendo con el prójimo.
El milagro de las manos extendidas
Lejos del protocolo, grupos de jóvenes, familias enteras y asociaciones civiles se tomaron la tarea de recorrer los sectores más vulnerables de la ciudad. Desde La Nevada hasta El Pescaito, pasando por los asentamientos de la margen derecha del río Guatapurí, la solidaridad se convirtió en el mejor regalo de la temporada.
No son solo juguetes los que llegan en los baúles de los carros; es la dignidad de una cena caliente. “Ver la sonrisa de un niño que recibe un plato de comida o su primer balón, o ver el rostro de felicidad de una niña que recibe su primera muñeca es entender el verdadero sentido de estas fechas”, comenta uno de los líderes de estos grupos que, año tras año, recolectan aportes para que en ninguna mesa falte el aguinaldo y el pan.

Una logística de amor y sacrificio
Lo que muchos ven como una simple entrega, es en realidad el fruto de meses de gestión. Estos «embajadores de la alegría» se preparan con antelación. Algunos usan las redes sociales para dar a conocer sus campañas de donación de regalos, mientras otros grupos se organizan y se dividen en comités para tener todo listo para la fecha de entrega: preparar la comida, recoger ropa y regalos, establecer los barrios que serán favorecidos; todo ello implica una logística y una preparación con meses de anticipación.
Pero el regalo más significativo es el tiempo que dedican estos grupos para compartir, jugar y abrazar a los pequeños, mientras ellos sonríen y agradecen. Para los niños de los sectores más vulnerables, la llegada de estos grupos se convierte en el evento del año. Es el momento donde se pone en pausa la pobreza y se transforma en alegría. Cualquier cancha o parque sirve de escenario para estas jornadas donde los niños disfrutan de la música y el abrazo de Papá Noel convirtiéndose en los protagonistas de su propia historia de vida.

La solidaridad es buena, pero la transformación social requiere constancia. Estos grupos de ciudadanos están sembrando una semilla porque al entregar un juguete o un plato de comida, le están diciendo a ese niño que su vida importa, que su ciudad no le da la espalda. Valledupar, la que canta, la que baila y la que hoy se proyecta como ciudad deportiva, o ciudad de eventos, demuestra en este diciembre que su mayor trofeo no está en las vitrinas, sino en la capacidad de amar y servir al que nada tiene.
