Valledupar, la ciudad de los reyes vallenatos y de las calles que huelen a mango, hoy exhala un aroma distinto, el de la indolencia y la falta de cultura ciudadana que se ha pegado como una mancha tatuada en la piel de muchos vallenatos. No es solo el calor que se siente a diario aún bajo la sombra de los árboles, es el fuego de la falta de pertenencia lo que está consumiendo, poco a poco, los monumentos que cuentan nuestra historia, que representan la identidad cultural de la región.
El inventario del descuido es largo, los monumentos en Valledupar no solo están siendo destruidos en reiteradas ocasiones, sus bases están siendo vandalizadas con graffitis que afean el entorno brindando un lamentable panorama a quienes a diario visitan la ciudad con ganas de conocerla y llevarse un lindo recuerdo en sus fotografías.
Un patrimonio en peligro

El problema no es nuevo. La falta de cultura ciudadana de los vallenatos se volvió costumbre; cada lugar que ha sido embellecido por monumentos, alguno de ellos presenta deterioro, perdiendo parte de su atractivo. La estatua de Diomedes Díaz, la de Jorge Oñate, Kaleth Morales, la de Kiko Barrios, por mencionar solo algunos, ha sido víctima de daños.
Esa Sirena, que ha visto pasar las aguas del Guatapurí por décadas, hoy luce desgastada, no por el tiempo, sino por el roce constante de quienes no entienden que el arte se contempla, no se asfixia. La cultura ciudadana en Valledupar parece haberse quedado en los libros de civismo de la primaria, mientras en la calle impera la ley del «no es mío, no me importa».
La destrucción de estos monumentos no solo es un ataque a la cultura y la historia de Valledupar, sino también un reflejo de la falta de conciencia ciudadana y respeto por el patrimonio común. Es hora de que la comunidad se una para proteger y preservar estos símbolos de identidad.
Lo ideal es que la ciudad mantenga sus monumentos en buen estado para que los turistas tengan la oportunidad de visitarlos y conocer su historia. En algunas ocasiones la administración municipal ha invertido recursos en la restauración de estos bienes, sin embargo, es fundamental que la ciudadanía se involucre en la protección y cuidado de estos espacios.
¿De quién es la culpa?
Sería fácil señalar solo a la administración municipal por la falta de mantenimiento, pero la verdad es más amarga: el presupuesto no alcanza para limpiar lo que el ciudadano se empeña en ensuciar. La vigilancia no puede ser un policía por cada monumento. La verdadera guardia está en el ojo del vecino, en la palabra del guía, en la mano del padre que le enseña al hijo que ese bronce representa a un abuelo que hizo grande esta tierra.
¿De qué manera se puede ayudar?
Usted puede convertirse en vigía del patrimonio cultural de la ciudad denunciando cualquier acto de vandalismo, participando en campañas de limpieza y mantenimiento y educando a familiares, vecinos y amigos sobre la importancia de su cuidado.
¡Es hora de actuar! Valledupar necesita de todos para preservar su memoria y legado cultural.
Valledupar se encamina a pasos agigantados hacia una modernidad de cemento, pero se está quedando rezagada en lo más importante: el alma. Si no aprendemos a cuidar lo que nos identifica, si no ponemos en práctica la cultura ciudadana, terminaremos siendo una ciudad de extraños, caminando entre ruinas de lo que alguna vez fue orgullo.
