En Valledupar, el vallenato no es solo música. Es memoria, relato cotidiano y una forma de entender la vida. Está presente en las parrandas familiares, en los festivales, en las emisoras y en la manera como la ciudad se reconoce a sí misma. Sin embargo, pese a su enorme valor simbólico y cultural, la protección del patrimonio vallenato sigue siendo un desafío pendiente.
Desde 2015, el vallenato tradicional fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, una distinción que puso a Valledupar en el mapa cultural del mundo. Diez años después, la pregunta sigue siendo válida: ¿qué tanto se ha avanzado en cuidar esa herencia más allá de los discursos y los eventos masivos?
Uno de los principales riesgos es la reducción del vallenato a un producto comercial, centrado casi exclusivamente en el espectáculo. Festivales, conciertos y grandes tarimas mantienen viva la visibilidad del género, pero no siempre garantizan la preservación de sus raíces: la tradición oral, los juglares, los concursos auténticos, la enseñanza del acordeón, la caja y la guacharaca desde edades tempranas.

En barrios de Valledupar, la administración municipal ha fortalecido las escuelas de formación musical, donde maestros empíricos transmiten saberes que no están escritos, pero que sostienen la esencia del vallenato clásico, sin embargo hace falta mayor impulso a estas expresiones culturales para no poner en riesgo la continuidad de ese conocimiento.
Es necesario señalar que la política pública cultural ha sido intermitente. Hay esfuerzos visibles —como casas de cultura, escuelas municipales y estímulos ocasionales—, pero no siempre responden a una estrategia de largo plazo. La protección del patrimonio no puede depender solo del Festival Vallenato ni de la voluntad de unos pocos gestores culturales.
El reto no es menor: proteger sin congelar, permitir que el vallenato evolucione sin perder su identidad. Para lograrlo, expertos en cultura coinciden en que se requiere mayor inversión en formación musical, documentación de saberes tradicionales, apoyo a portadores del patrimonio y una articulación real entre instituciones, músicos y comunidades.

A pesar de las dificultades, hay señales esperanzadoras. Nuevas generaciones muestran interés por el vallenato tradicional, surgen procesos comunitarios de enseñanza y algunos jóvenes artistas buscan equilibrar lo moderno con lo ancestral. Estos esfuerzos demuestran que el patrimonio sigue vivo, aunque necesita acompañamiento.
Cuidar el vallenato no es solo tarea de músicos o autoridades culturales. Es una responsabilidad colectiva. Porque cuando un pueblo descuida su memoria, también debilita su identidad. Y Valledupar, ciudad de canciones y relatos cantados, no puede darse ese lujo.
