Valledupar no es solo acordeón y sombra de cañaguate; es también el rastro del agua que brota de las entrañas de la tierra, buscando su camino hacia el Guatapurí. Pero hoy, mientras el calendario nos marca que es 2 de febrero, esa agua parece llorar. En este Día Mundial de los Humedales, caminar por los barrios María Camila y el Eneal, es encontrarse con espejos de vida que luchan contra el olvido.
Tres espejos de agua en la selva de cemento
Oficialmente, nuestra «Ciudad de los Santos Reyes» guarda en su seno tres tesoros hidrológicos que aparecen en el papel del Plan de Ordenamiento Territorial (POT), pero que en la realidad sobreviven a pulso:
El Eneal: Ubicado cerca del Batallón La Popa, es un oasis que se resiste a ser asfixiado por el crecimiento urbano.
María Camila Sur: Es el más emblemático, refugio de aves y serenidad en el suroccidente, donde gracias a la intervención del gobierno departamental, el verde aún intenta ganarle la partida al cemento.
Sicarare: Tal vez el menos conocido por la ciudadanía. Escondido dentro del Parque de la Leyenda Vallenata, conectado por venas invisibles al cauce del río, pero hoy amenazado por quienes lo confunden con un botadero.
El cuarto humedal se encuentra en pleno centro del Cesar, la imponente Ciénaga de Zapatosa, el humedal continental más grande que tiene el país y cubre los municipios de Chimichagua, Curumaní y Tamalameque en el Cesar y el Banco en el Magdalena.
Una historia de resistencia y beneficios
Cuentan las personas mayores que antes el agua corría libre y que Valledupar era una gran esponja. Estos humedales no están ahí por capricho; son nuestra defensa natural contra las inundaciones. Cuando el cielo se rompe en aguaceros, ellos son los que reciben el golpe, filtran el agua y refrescan este calor de 38 grados y más, que abraza a la ciudad. Son los pulmones que limpian el aire y el hogar de varias especies animales como la garza real que a veces se asoma en medio del silencio.
La agonía de los humedales en Valledupar

La veedora ambiental Johana Casallas se ha convertido en guardiana del humedal María Camila y ve con preocupación la falta de amor y cuidado que tienen los vallenatos no solo por este sino por los tres humedales con que cuenta la ciudad.
“Es importante que la comunidad entienda la importancia de protegerlos, defenderlos y cuidarlos todos los días, porque cuando nos falten, van a entender que estos espacios se necesitan para regular el clima y para que las especies animales y vegetales puedan convivir”, dijo Casallas.
La reflexión va más allá, es un clamor para que no solo las comunidades sino también la administración municipal y departamental prohíban las construcciones cerca a la ronda hídrica del humedal María Camila y que haya una mejor planificación de la ciudad.
De los tres humedales, el Eneal es el más deteriorado, está agonizando pidiendo a gritos que no lo dejen morir, a pesar de todo, trata de sobrevivir en medio de la mano perversa del hombre que le ha impedido su proceso natural, por eso es importante que las autoridades miren hacia los humedales de Valledupar, que inviertan recursos en su conservacion y proteccion porque un papel o un plástico tirado en el suelo puede ser arrastrado por el viento hasta los humedales que se contaminan, comienzan a enfermarse lentamente hasta morir ante la mirada indiferente de todos.
Los problemas siguen latentes, las invasiones de familias que en su necesidad, llegan a levantar techos en las zonas de la ronda hídrica de los humedales; el vertimiento de las aguas negras que van a parar a estos santuarios ecológicos y las basuras que indiscriminadamente siguen arrojando en los humedales
¿Qué podemos hacer los vallenatos?

La recuperación no solo depende de una firma en la Alcaldía o un presupuesto en la Gobernación. La comunidad tiene la llave del candado. Recuperar un humedal empieza por no arrojar el escombro en el lote vecino, por entender que el arroyo que pasa por nuestra casa no es una cloaca, sino una arteria de vida.
El mayor enemigo de los humedales de Valledupar es el silencio de los vecinos que ven con indiferencia como llegan a invadir, a arrojar basuras; y es la comunidad quien debe convertirse en su mayor vigilante y defensora y ejercer el derecho a denunciar cuando se es testigo de estas malas prácticas que tienen a los humedales a punto de desaparecer. La educación ambiental, los recorridos a grupos de niños y jóvenes, las jornadas de limpieza entre vecinos, son algunas armas que podrían usarse para esta defensa ecológica.
«El agua es el principal recurso de vida y salvarla es salvarnos a nosotros mismos», suele decirse en los foros ambientales. Pero hoy, más que palabras, los humedales necesitan dolientes.
Este 2 de febrero, más que una efeméride, es un llamado a la conciencia. Que el canto de los pájaros en El Eneal o en María Camila no se apague, porque el día que se sequen los humedales, Valledupar habrá perdido su sombra más fresca y su alma más pura.
