En Valledupar, los juglares le cantaban a los ríos. Lo dicen los versos que le rinden culto al Guatapurí o al Badillo y lo repiten los niños que se zambullen en Hurtado. Pero hoy, en muchos barrios las canciones suenan a tubería seca, a un goteo agónico que se apaga antes de que raye el sol.
En la capital del Cesar abrir la llave y no encontrar agua se ha convertido en una escena repetida para cientos de familias. No es un hecho aislado ni una falla ocasional: es una realidad que se arrastra desde hace años y que, en temporadas de sequía, se vuelve más visible y más dura. Es como participar en una lotería donde el premio es un chorrito de agua que llega, si acaso, a las tres de la mañana, donde el despertador no es el trino de los pájaros, sino el golpe seco de los baldes plásticos contra el piso, el sonido de una resistencia ciudadana que se niega a quedar sedienta.
Las causas son conocidas, pero no resueltas del todo. La infraestructura del acueducto es antigua en varios tramos, hay redes deterioradas que generan pérdidas importantes y una demanda que ha crecido más rápido que la capacidad del sistema. A esto se suma el impacto del cambio climático: lluvias irregulares y largos periodos de calor que reducen el caudal de las fuentes hídricas.
Entre la turbidez y el silencio

Cuando no es la sequía, es la lluvia. Paradójicamente, cuando la Sierra Nevada llora con fuerza, Valledupar se queda seca. Los niveles de turbidez obligan a cerrar las compuertas, y la planta de tratamiento se rinde ante el lodo. Entonces, el agente interventor de Emdupar sale a dar explicaciones técnicas que no llenan los cántaros de la gente.
La falta de agua en los barrios es cotidiana. Es el mototaxi cargando pimpinas, es el vecino que comparte el poco de agua que guardó en la alberca, es la protesta que nace en esos sectores vulnerables porque el cansancio ya superó a la paciencia.
Hablar del desabastecimiento de agua en Valledupar no es señalar culpables, sino reconocer una deuda colectiva. La ciudad crece, pero su sistema de agua no puede quedarse atrás. Resolver esta situación requiere decisiones firmes, transparencia en las inversiones y una comunicación clara con la comunidad.
¿Qué se está haciendo?

Según datos técnicos divulgados en años recientes por entidades del sector, en ciudades intermedias como Valledupar las pérdidas de agua por fugas pueden superar el 40 % del total producido, una cifra que refleja un problema estructural más que operativo. Es decir, una parte importante del agua se pierde antes de llegar a los hogares.
Desde Emdupar se ha insistido en que se están realizando reparaciones, mantenimiento de redes y planes de contingencia. Estas acciones son necesarias y deben reconocerse. Sin embargo, para la ciudadanía resultan insuficientes cuando el problema se repite una y otra vez sin soluciones definitivas.
El agua no puede tratarse sólo como una emergencia cuando hay protestas; Valledupar necesita una inversión sostenida, planificación a largo plazo y educación ciudadana sobre el uso responsable del recurso. El problema del agua no es solo técnico. También es social. Afecta más a quienes menos tienen, a los adultos mayores, a las personas enfermas y a los niños. La falta de agua complica la higiene, la preparación de alimentos y la vida cotidiana, profundizando brechas de desigualdad.
El agua es un derecho básico, no un privilegio ni una lotería diaria. Garantizar su acceso continuo y seguro es una de las pruebas más importantes para medir el compromiso real con el bienestar de la gente. Valledupar aún está a tiempo de convertir este problema en una oportunidad para hacer las cosas mejor.
Valledupar sigue esperando que el agua deje de ser un milagro de madrugada y vuelva a ser un derecho de pleno sol. Porque una ciudad que canta a la vida no puede permitir que sus hijos se acuesten con la garganta seca y la esperanza turbia, como el río después de una creciente.
