Por: Diego Armando Borrego
Usted seguramente ha vivido la escena. Son las 11:00 de la noche de un martes cualquiera. El calor por fin ha bajado un poco y usted logra conciliar el sueño. De repente, un estruendo seco, metálico y violento rompe la noche: ¡Brap, brap, brap!
No es un disparo, ni una explosión. Es una motocicleta. O mejor dicho, es una moto a la que su conductor decidió quitarle el silenciador original para instalarle una recámara modificada, diseñada con un único propósito: hacerse notar a las malas.
Esta semana, las autoridades de tránsito de Valledupar dijeron «no más». Y como reza el dicho popular: guerra avisada no mata soldado. Han comenzado operativos estrictos contra la contaminación auditiva en dos ruedas. Pero, ¿es esta medida un simple afán de recaudar dinero o estamos ante una crisis de salud pública que nos habíamos negado a ver?
El órgano más sensible
Hablemos claro y con cifras en la mano. La Secretaría de Tránsito, junto con la Policía, ha desplegado puestos de control móviles. La herramienta clave no miente: el sonómetro.
La norma técnica nacional es clara, pero en la calle la realidad es otra. Una moto normal no debería pasar ciertos decibeles. Sin embargo, basta pararse en la Carrera Novena o la Avenida Simón Bolívar para notar que muchas máquinas están marcando niveles de ruido ensordecedores.
El golpe es duro. Según el Código Nacional de Tránsito, la multa por portar estos dispositivos prohibidos o no tener el silenciador reglamentario ronda los $1.200.000 pesos, sumado a los costos de la grúa y los días de parqueadero (patios). Estamos hablando de que, por «engallar» la moto para que suene más duro, un ciudadano puede terminar pagando casi un salario mínimo y medio.
En los puntos de control se ven las caras largas y de preocupación. Muchos conductores, quizás por desconocimiento o por seguir una moda, no dimensionan que esa modificación estética les puede salir tan costosa hasta que ven el comparendo en mano.
Más allá de la multa: La salud de una ciudad

Pero dejemos de lado el dinero un momento y pensemos en la gente. No hace falta ser médico especialista para entender el daño. La literatura médica y los expertos en audiología coinciden en que la exposición constante a ruidos por encima de los 85 decibeles genera estrés, altera el ritmo cardíaco y, a largo plazo, causa pérdida auditiva irreversible.
Aquí es donde entra nuestro enfoque crítico: Valledupar ha normalizado el ruido. Nos acostumbramos a que el que más suena es el que «más manda». Recuperar el silencio no es un capricho, es una necesidad de convivencia. ¿Es justo que el descanso de miles se sacrifique por el ruido de unos pocos? Los bebés que se despiertan asustados y los adultos mayores que pierden la tranquilidad son los testigos silenciosos de esta problemática.
La «Cultura Racing» y el debate social
Sería injusto no analizar el otro lado de la moneda. En Valledupar existe una cultura de los motores muy fuerte y arraigada. Hay clubes de motociclistas organizados y jóvenes que invierten sus ahorros en sus máquinas. Para muchos, modificar el escape es una forma de estética, de pertenecer a un grupo o de sentir adrenalina.
Un argumento común que se escucha entre los motociclistas es que «el escape ruidoso es seguridad, porque así los carros me escuchan». Sin embargo, expertos en seguridad vial suelen desmentir esto, explicando que el sonido se proyecta hacia atrás y no alerta eficazmente al conductor que va adelante.
El problema de fondo quizás no sea la pasión por las motos, sino el lugar donde se ejerce. Al no tener un autódromo o pistas reglamentarias, las avenidas residenciales terminan convirtiéndose en escenarios de exhibición, creando un conflicto inevitable con los vecinos.
Lo positivo: Recuperar la charla en la terraza
Lo positivo de estos operativos, que se intensifican los fines de semana, es que el tema está sobre la mesa. En las redes sociales y en las conversaciones de barrio se percibe un ambiente de expectativa. Muchos vallenatos, amantes de sentarse en la terraza a conversar —esa costumbre tan nuestra—, ven con buenos ojos que se controle el exceso de ruido para poder hablar sin tener que gritar.
¿Qué ciudad queremos?
La multa es dolorosa, sí. Y nadie celebra que a un trabajador se le lleve la moto la grúa. Pero como sociedad debemos preguntarnos: ¿Vale la pena perturbar la paz de toda una cuadra?
La autoridad está haciendo su parte (controlar). Ahora nos toca a nosotros como ciudadanos hacer la nuestra (respetar). Ojalá que esta «guerra avisada» termine no con más motos en los patios, sino con más conciencia en las calles. Porque en una ciudad tan calurosa y ajetreada como la nuestra, el silencio también es un derecho.
