Una herida abierta que aún puede sanar
El río Guatapurí no es solo un paisaje emblemático de Valledupar. Es fuente de agua, de memoria colectiva y de vida para miles de personas que, directa o indirectamente, dependen de su cauce. Sin embargo, su estado actual revela una tensión constante entre el uso humano y la capacidad del ecosistema para resistir.
En distintos tramos del río, la presión es visible. La expansión urbana, la ocupación de las rondas hídricas, la extracción irregular de material, el vertimiento de residuos y la sobrecarga de visitantes en temporadas altas han ido dejando huellas que ya no pasan desapercibidas. Lo que antes era un río caudaloso y limpio durante gran parte del año, hoy enfrenta episodios de disminución del caudal, contaminación puntual y deterioro de sus márgenes.
A esto se suma un factor que agrava el panorama: el cambio climático. Las lluvias irregulares y los periodos prolongados de sequía alteran el equilibrio natural del Guatapurí, haciendo más frágil un ecosistema que ya está sometido a múltiples presiones humanas. Cuando el río baja con fuerza, arrastra sedimentos y residuos; cuando disminuye, deja al descubierto la vulnerabilidad de su lecho y de las especies que dependen de él.

Las autoridades ambientales y municipales han impulsado acciones de protección: jornadas de limpieza, campañas de sensibilización, controles a actividades ilegales y planes de recuperación de la ronda hídrica. También existen normas claras que prohíben la ocupación y el uso indebido del río. El problema no es la ausencia de reglas, sino la dificultad para hacerlas cumplir de manera constante y articulada. Con el fin de sanear las áreas de mayor afluencia de turistas, recientemente el gobierno municipal a través de las secretarías de gobierno y salud, oficina de gestión del riesgo municipal conjuntamente con la asociación de vendedores del balneario Hurtado y la Policía Metropolitana realizaron una jornada masiva de limpieza, donde fueron recolectadas más de 70 bolsas de desechos. Con este tipo de actividades se pretende mejorar la imagen del “Guardián del Valle”, mitigar el impacto ambiental y promover la cultura ciudadana sobre el cuidado y la preservación de la cuenca hídrica.
En este escenario, la ciudadanía juega un papel clave. Muchos habitantes reconocen el valor del Guatapurí, pero en la práctica persisten conductas que lo afectan: arrojar basura, usar el río sin control o normalizar intervenciones que alteran su curso. La protección ambiental no puede recaer solo en las instituciones; requiere una corresponsabilidad real entre Estado y comunidad.
El Guatapurí todavía tiene capacidad de recuperación. Su riqueza natural sigue siendo una oportunidad para Valledupar, no solo en términos ambientales, sino también culturales y sociales. Pero esa oportunidad se reduce con cada año de inacción, improvisación o medidas aisladas.
Cuidar el río no significa cerrarlo ni excluir a la gente, sino entender que su uso debe tener límites claros. La protección ambiental, en este caso, no es un obstáculo para el desarrollo, sino una condición básica para que el desarrollo sea sostenible y duradero.
La pregunta de fondo no es si el Guatapurí puede seguir siendo el corazón natural de Valledupar. La pregunta es si la ciudad está dispuesta a cambiar su relación con el río antes de que el daño sea irreversible.
