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Luis Fernando Quintero y la política de etiqueta: cuando el rótulo vale más que la causa

Publicado

Por Redacción Política

En Valledupar (y en buena parte del Cesar) ya no sorprende ver a un dirigente cambiar de color como quien cambia de camisa. Lo inquietante es otra cosa: que el discurso también se cambie al ritmo del aval, del cupo, de la lista y del cargo. Y que, encima, se pretenda vender ese zigzag como “evolución ideológica”, cuando lo que realmente se ve es una estrategia de supervivencia.

El caso de Luis Fernando Quintero resume ese fenómeno con una claridad incómoda. Su entrada a la política no se explica por una lucha social previa ni por un liderazgo comunitario consolidado: se entiende por el camino familiar y por el acceso a estructuras partidistas que abren puertas a los mismos apellidos de siempre.

Durante años, el libreto funcionó. Pero la política tiene una regla simple: cuando se acaba la utilidad, se acaba el respaldo. Y ahí se rompe la narrativa. En 2023, al no ser incluido en la lista al Concejo por Cambio Radical, el episodio dejó de ser un asunto interno y pasó a convertirse en un espectáculo público: acusaciones, reclamos y, finalmente, la tentativa de convertir una decisión partidista en un derecho vulnerado. La justicia negó la tutela, y el mensaje —más allá del expediente— fue contundente: el aval no es un trofeo garantizado.

A partir de ese punto, la historia cambió de escenario, pero no de lógica. En lugar de construir un relato coherente, Quintero inició una travesía de “rebranding” político: de Cambio Radical a la etiqueta de “alternativo”, luego “progresista”, luego el abrigo del Frente Amplio y, finalmente, el aterrizaje en el Pacto Histórico.

No se vio pedagogía, ni debate, ni ruptura real con el pasado. Se vio algo más práctico: moverse hacia donde hubiese oxígeno político.

La política de rótulo y el caso Luis Fernando Quintero

Y es aquí donde el enfoque debe ampliarse: el problema no es solo Quintero. El problema es el mercado de rótulos. La “izquierda” convertida en salvavidas de última hora para quienes vienen de la maquinaria, la “alternativa” como etiqueta de conveniencia, el “Frente Amplio” como sala de espera, y el “Pacto” como punto de llegada sin explicación seria. Cuando la política se reduce a una palabra en el afiche, las ideas dejan de ser principios y se vuelven accesorios.

La secuencia posterior refuerza esa lectura. La candidatura a la Cámara, según el propio relato del documento base, nunca logró mostrar músculo real ni un respaldo territorial sólido; y cuando el proyecto dejó de caminar, el repliegue llegó con un mensaje suave sobre “familia” y “tranquilidad”, mientras otros quedaban en la lista.

En política, ese tipo de salidas suelen tener traducción: cuando no hay opciones competitivas, se negocia la salida antes de enfrentar el veredicto ciudadano.

Por eso la pregunta clave no es “¿a qué movimiento llegó?”, sino “¿para qué llegó?”. Porque también aparece el rumor —mencionado en la nota base— de un posible cargo directivo en una entidad nacional, lo que alimenta la sospecha más corrosiva: que la candidatura no era una apuesta programática, sino una ficha de intercambio.

Si esto es así, el costo no lo paga Quintero: lo paga la credibilidad de los proyectos que lo reciben. Los movimientos que se presentan como renovación no pueden convertirse en refugio de figuras que llegan no por convicción, sino porque los cerraron la puerta en otro lado. Porque una cosa es sumar liderazgos con historia, coherencia y base social; y otra, muy distinta, es abrirle espacio a quienes traen el mismo libreto, solo que con otro logo en la camiseta.

La ciudadanía, mientras tanto, se queda con lo único que debería importar: la coherencia. Un político serio pierde y explica. Un dirigente responsable asume el golpe y reconstruye. Un líder auténtico no necesita mudarse de discurso para seguir vigente. El resto es marketing. Y la política, cuando se vuelve solo marketing, termina siendo el negocio perfecto: prometer banderas que se alquilan, causas que se usan, y principios que se doblan al tamaño del puesto.

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