Por Noticias Valledupar
En el Cesar, la coherencia política suele medirse con votos propios y permanencia ideológica. La trayectoria de Eloy “Chichí” Quintero Romero se mide de otro modo: por mudanzas partidistas sincronizadas con cada aspiración y por una constante búsqueda de acomodo personal y familiar. No es una lectura subjetiva; es una secuencia verificable de avales, resultados electorales y reacomodos.
Quintero se formó políticamente en el Partido Liberal, la gran cantera del poder regional de su generación. Desde allí dio sus primeros pasos en la política local. Cuando ese vehículo dejó de ser funcional para sus ambiciones, el tránsito fue inmediato. En 2009 aspiró a la Alcaldía de Valledupar con Cambio Radical y obtuvo 12.570 votos, quedando tercero. El guarismo es clave: no fue una derrota marginal, pero tampoco un liderazgo arrasador. Fue el primer indicio de un patrón que se repetiría: buscar el partido que ofreciera la mejor ventana, aun si había que cambiar de camiseta. Dos años después, en 2011, volvió a intentarlo, esta vez con el Partido Verde. El viraje no estuvo precedido por una explicación ideológica ni por una ruptura programática con Cambio Radical. Fue un movimiento táctico. Cuando el escenario mostró que la victoria no era viable, Quintero adhirió públicamente a la campaña del favorito de ese momento, Fredys Socarrás. La adhesión fue registrada por la prensa local. Y el desenlace fue político, no retórico: tras la victoria de Socarrás, su hijo, Carlos Felipe Quintero, fue nombrado secretario de Gobierno municipal, un cargo de alto perfil y poder real en la administración local. El nombramiento fue el resultado directo de alianzas políticas, no de un concurso de méritos ni de una trayectoria administrativa previa independiente. Así se selló la ecuación que marcaría el resto de la historia: voltereta política a cambio de cuota institucional.

El siguiente salto confirmó el método. En 2014, Quintero regresó a Cambio Radical y logró llegar a la Cámara de Representantes con aproximadamente 25.000 votos (25.056 según registros regionales). En 2018, revalidó la curul por el mismo partido con 31.050 votos, sumejor desempeño electoral. Los números importan porque muestran algo concreto: su fortaleza apareció cuando estuvo arropado por estructuras sólidas, no cuando intentó construir liderazgo autónomo. Pero incluso desde el Congreso, la disciplina partidaria fue flexible. En las elecciones regionales de 2015, Quintero apoyó candidaturas de otros partidos en Valledupar y en la Gobernación, desobedeciendo la línea formal de Cambio Radical cuando el cálculo así lo aconsejaba. Partido en el papel; coalición en la práctica.

El capítulo más revelador llegó en 2022, cuando el proyecto dejó de ser personal y pasó a ser hereditario. Quintero no buscó una nueva reelección y decidió transferir el capital político a su hijo, Carlos Felipe Quintero Ovalle. El vehículo elegido fue el Partido Liberal, no por una conversión ideológica tardía, sino porque sus aliados contaban con los votos y la estructura. El resultado fue una elección con cerca de 39.420 votos, cifra que evidencia una verdad incómoda: no eran votos propios del heredero, sino la suma de alianzas políticas prestadas.
Mientras esa alianza funcionó, el discurso fue de gratitud y unidad. Cuando dejó de ser cómoda, vino la ruptura. Y, fiel a la costumbre, el relato volvió a cambiar. El mismo núcleo político que había transitado sin conflicto por Liberal, Verde y Cambio Radical empezó a presentarse como alternativo y terminó acercándose al Pacto Histórico, sin una revisión crítica del pasado ni una explicación doctrinaria del salto. Otra mudanza. Mismo objetivo. Este inventario no muestra evolución política; muestra oportunismo sistemático. Cada partido fue un medio, nunca un compromiso. Liberal para empezar; Cambio Radical para consolidarse; Verde para intentar colarse; Liberal otra vez para heredar; y luego la izquierda gubernamental para conservar vigencia. Cambiar de partido como de calzoncillos no es una metáfora exagerada: es la descripción precisa de una práctica repetida.
El daño más profundo no es institucional; es pedagógico. A sus hijos, Quintero les deja el peor de los ejemplos: no hace falta construir base social ni liderazgo propio si se domina el arte del acomodo. Se puede llegar a cargos por alianzas, no por votos orgánicos; pornegociación, no por representación. El resultado es un poder frágil, condicionado y reversible. Un poder que depende siempre de otros.Por eso, cuando hoy se habla de coherencia, renovación o ruptura con viejas prácticas, la historia pesa. No se puede denunciar el sistema del que se vivió durante décadas sin explicar por qué se participó de él con tanto entusiasmo. Sobrevivir políticamente no es liderar. Y heredar cargos conseguidos por alianzas no equivale a representar a la ciudadanía. En el Cesar, la gente distingue cada vez mejor entre quienes sostienen el poder con gestión y votos propios, y quienes lo sostienen con mudanzas y acomodos. La trayectoria de Chichí Quintero pertenece, sin ambigüedades, a este segundo grupo. Y esa es la conclusión más dura —y más verificable—: cuando la política se convierte en un ejercicio de cambio permanente de partido, lo único que permanece no es la ideología, sino el interés personal y familiar
