Por: Lida Mendoza Orozco
Valledupar no huele a montañas verdes ni a la sazón de comidas típicas; por estos días, la ciudad huele a almíbar, a madurez y a ese perfume penetrante que solo el sol del Cesar sabe sacarle a la piel del mango.
La capital mundial del vallenato no solo vibra al son de la caja, guacharaca y acordeón, también cuenta con un símbolo gastronómico que está sembrado en cada patio o terraza de las viviendas: el mango, una de las frutas insignes de la ciudad y de las más apetecidas en mercados mundiales.


Árboles de mango en barrios tradicionales de Valledupar producen toneladas de fruta que hoy no cuentan con un sistema de aprovechamiento.
En esta época, caminar por las calles de los barrios Iracal, San Joaquín, Fundadores, Don Carmelo, entre muchos, no es solo un ejercicio de movilidad, es un acto de equilibrio. Los peatones deben ir sorteando esas alfombras amarillas y rojizas que se extienden bajo la sombra de los árboles monumentales, donde la fruta, cansada de esperar una mano que la reclame, decide entregarse por gravedad a la indolencia del suelo.
”Los palos de mango de mi cuadra están súper cargados en los patios y los que están afuera también y muchos ya están maduros cayéndose. En el parque de Iracal les cuento que hay mangos maduros en el suelo a reventar y así en muchas partes la fruta se está perdiendo”, dijo la periodista María José Núñez.
Es la paradoja de nuestra tierra, mientras en otras latitudes el mango es un lujo de vitrina, aquí se ha convertido en un obstáculo en el andén. Los carros pasan triturando la pulpa, dejando tras de sí un rastro pegajoso y un banquete para las moscas, recordándonos que somos hijos de la abundancia, pero también del descuido.
Cifras de una cosecha desbordada
El 2025 no fue un año cualquiera para el «Rey de las frutas» en el Valle del Cacique Upar. Según los reportes técnicos del sector agrícola, la producción de mango en el municipio experimentó un crecimiento del 13.6% respecto al año anterior. En el Cesar, donde hay más de 2,000 hectáreas dedicadas a este cultivo, Valledupar sigue liderando las cifras con alrededor de 70,000 árboles que, en el año pasado arrojaron una cifra histórica cercana a las 6,400 toneladas de fruta.
El mango no es solo producción de patio; es un motor económico que, a nivel nacional, ha permitido exportar más de 2,000 toneladas de mango de azúcar hacia mercados internacionales. Sin embargo, en el casco urbano, esa riqueza se convierte en un «problema de aseo público».
¿Por qué tanto mango y por qué ahora?
Es en esta temporada de cada año hay sobreproducción de mangos en Valledupar por las condiciones climáticas ideales de la región, por las temperaturas cálidas, la alta humedad y suelos fértiles aunado a que en cada casa se tuvo como costumbre sembrar estos árboles como una forma de generar sombra, sin embargo en los últimos años surgió el fenómeno social de los robamangos, un grupo de personas que se dedicaban a recorrer los barrios en busca de mangos verdes que descargaban de los árboles sin permiso de los propietarios de las viviendas, para venderlos.



Mangos maduros aplastados en andenes y vías de Valledupar evidencian el desperdicio de una fruta que podría convertirse en alimento, ingresos y desarrollo local.
Los robamangos no esperaban que la fruta llegara a su etapa de maduración, por ello, durante muchos años aunque había cosecha, poco se perdía la fruta. Los vallenatos siempre se quejaron por estas personas que alteraban la tranquilidad de sus hogares mientras ejercían su oficio, hoy muchos se preguntan, qué ha pasado con ellos, por qué dejaron de recolectar mangos verdes, mientras otros, agradecen que no hayan vuelto y hayan permitido que los mangos maduren y puedan ser disfrutados por las familias. Hoy puede resultar contradictorio, sin embargo, no es la figura de los robamangos la salida para que los mangos maduros no se pierdan y terminen el los andenes, parques y avenidas del municipio. En esta ocasión los vallenatos han alzado su voz recordando la despulpadora de mangos que ofreció en campaña el exalcalde Augusto “Tuto” Ramirez Uhía, lo que quedó en solo promesas.
Lo cierto es que hoy la ciudad está inundada de mangos maduros y usando su creatividad, los vallenatos se comen la fruta, hacen jugos, conservas, bolis, micheladas, ceviches, paletas, dulces, entre otros manjares que disfrutan en familia y que muchos han compartido con amigos y vecinos; aún así, los mangos maduros se siguen perdiendo.
De «Basura» a Bendición
El desafío para Valledupar no es sembrar más, sino saber qué hacer con lo que ya tiene. No podemos seguir permitiendo que el mango sea noticia por los conflictos con los «robamangos» o por el riesgo de accidentes con la pulpa resbaladiza en los andenes y calles.
Es imperativo fomentar cooperativas de madres cabeza de hogar y jóvenes emprendedores para la creación de plantas despulpadoras. Que el mango que hoy se pudre en las calles se convierta en pulpa congelada que podría ser parte del menú del Programa de Alimentación Escolar (PAE).
El servicio de aseo debe evolucionar. El mango no es basura común; es biomasa que podría alimentar plantas de compostaje municipal para abonar nuestros propios parques.
Mientras tanto, Valledupar seguirá siendo esa ciudad única donde la gente se queja porque la comida le cae del cielo y le ensucia el carro. Ojalá entendamos pronto que bajo nuestros pies no hay desperdicio, sino una mina de oro dulce que espera ser rescatada del olvido del pavimento.
