No es un secreto para nadie que la Empresa de Servicios Públicos de Valledupar, nuestra querida Emdupar, está en una especie de «cuidados intensivos» desde hace rato. Pero la cosa se puso color de hormiga el pasado 30 de diciembre. Justo cuando todos estábamos pensando en la cena de fin de año, el agente especial Eduardo Andrés Mesa decidió «denunciar» las convenciones colectivas de los sindicatos Sintraemsdes y Utisa.
Para el que no entiende mucho de estos términos de oficina, se lo explico clarito: la empresa quiere sentarse a renegociar los beneficios de los trabajadores porque dice que, si sigue pagando lo mismo, la plata simplemente no va a alcanzar para arreglar los tubos. El punto de la discordia es un famoso «factor prestacional» que hoy está en 1.8 y que los sindicatos, liderados por gente como Fabián González, no quieren dejar que se toque porque son derechos ganados a pulso.
El agua no espera a que se pongan de acuerdo
Lo crítico, y aquí es donde entra mi visión como periodista que escucha a la gente, es que mientras en las oficinas de la calle 16 se discuten porcentajes y parágrafos legales, en barrios como la urbanización Francisco El Hombre, al norte de la ciudad, la gente tiene que hacer milagros para bañarse. El 2026 arrancó allá con las mangueras secas y los vecinos quejándose de que, después de unos arreglos que hizo la empresa, la presión se les bajó tanto que el agua no sube ni al primer piso.
Por eso, que el Superintendente esté aquí en Valledupar es una buena noticia, pero con asterisco. Es positivo porque se necesita un árbitro que no sea de aquí, alguien que mire los números con cabeza fría y que le diga a la empresa y a los sindicatos: «Señores, si no se ponen de acuerdo, la que se hunde es la empresa de todos».
Entre la política y la realidad técnica

Incluso el presidente Petro ha metido su baza diciendo que la intervención fue un error. Pero más allá de si fue error o no, la realidad es que hay una deuda de más de $21.000 millones que todavía asusta a cualquiera. Lo bueno es que ahora Emdupar ya recuperó su autonomía para cobrar sus propias facturas, algo que antes hacían los de Bucaramanga y que nos quitaba independencia.
Ver esa foto de Valledupar tan bonita desde arriba me hace pensar que no podemos permitir que nuestra casa se nos caiga por falta de lo más básico. Una ciudad que ya está vendiendo boletas para un Festival Vallenato de talla mundial y que está inaugurando malecones de lujo, no puede tener a sus empresas públicas agarradas de las greñas mientras el pueblo sufre por un chorro de agua.
El éxito de este 2026 depende de que en esas mesas técnicas que se están dando estos días salga una solución real, que cuide el trabajo de la gente de Emdupar, pero que sobre todo, nos asegure que cuando abramos la llave, el agua salga con la fuerza que Valledupar se merece. Estaremos pendientes, porque el agua es vida, y aquí en el Valle, la paciencia ya se nos está secando.
