En política, lo que parece un debate sobre leyes suele ser, en realidad, un movimiento en el tablero de ajedrez electoral. Humberto de la Calle, uno de los hombres que más sabe de estrategia en Colombia, ha lanzado una advertencia que pone a pensar a todo el país: la propuesta de una Asamblea Nacional Constituyente no busca arreglar los problemas de hoy, sino asegurar los votos de mañana.
A medida que nos acercamos a las urnas, De la Calle señala que esta idea es, en el fondo, la bandera principal del Gobierno para las elecciones de 2026.
La narrativa del «No nos dejaron»
Para De la Calle, el objetivo de insistir en cambiar la Constitución es crear un enemigo claro. Si el Gobierno no logra aprobar sus reformas en el Congreso, la Constituyente se convierte en la excusa perfecta para la campaña que viene.
- Agitar a las bases: La propuesta sirve para decirle a la gente: «Nosotros quisimos cumplir, pero las leyes viejas y los políticos de siempre no nos dejaron». Es una forma de mantener a sus seguidores en «modo pelea».
- El pretexto del bloqueo: De la Calle explica que la Constituyente es un «artificio». Se usa para saltarse el debate democrático y plantearle al país una elección de «todo o nada».
- Gasolina electoral: En un momento de tensión, lanzar esta idea es como prender un motor. El ambiente se polariza y la discusión deja de ser sobre si hay medicinas en los hospitales para convertirse en una pelea sobre quién manda sobre la ley.
El centro busca su lugar

Humberto de la Calle no solo critica; él también está moviendo sus fichas. Al alejarse de los partidos tradicionales y del ruido del Gobierno, busca liderar una fuerza que defienda lo que ya tenemos. Su mensaje es que no se puede jugar con la estabilidad de la nación solo para ganar unos puntos en las encuestas de cara al 2026.
«La Constituyente se está usando como un imán para atraer votos, pero el costo de jugar con la Constitución es demasiado alto para la democracia colombiana.»
¿Qué significa esto para el ciudadano?
Si De la Calle tiene razón, lo que veremos en los próximos meses no será un debate serio sobre artículos o leyes, sino un espectáculo político. La pregunta que queda en el aire es: ¿queremos una reforma que solucione problemas reales o una que simplemente sirva para ganar la próxima elección?
