En Valledupar, moverse no es solo una rutina diaria: es una prueba constante de paciencia y, en muchos casos, de riesgo. Durante años, el transporte informal ha llenado los vacíos que dejó un sistema público insuficiente. Las motocicletas se multiplicaron en las calles y, con ellas, una solución inmediata para miles de personas que necesitaban trabajar o llegar rápido a su destino.
Sin embargo, la ciudad hoy enfrenta las consecuencias de esa respuesta improvisada.
Más del 60 % de los accidentes de tránsito con víctimas fatales en los últimos años han involucrado motocicletas. No es un dato menor: es una alerta estructural. A esto se suman la congestión creciente, la ocupación desordenada del espacio público y el aumento en los niveles de contaminación. La moto resolvió un problema de cobertura, pero abrió una crisis de seguridad vial.
En ese contexto, el Sistema Integrado de Transporte de Valledupar (SIVA) no debe entenderse como una competencia del transporte informal, sino como la oportunidad real de ordenar la ciudad.

Un sistema formal, con rutas definidas, frecuencias estables y vehículos regulados, ofrece algo que hoy se ha vuelto urgente: previsibilidad y seguridad. Mientras la motocicleta expone al conductor y al pasajero a un alto nivel de vulnerabilidad, el transporte colectivo reduce el riesgo individual, disminuye el número de vehículos en circulación y mejora la convivencia vial.
El reto no es menor. El SIVA necesita fortalecer su cobertura, mejorar la puntualidad y recuperar la confianza ciudadana. Pero también es cierto que ningún sistema puede consolidarse si compite contra un modelo informal que opera sin las mismas exigencias técnicas, tributarias y de seguridad.
Valledupar no puede resignarse a que la moto sea la columna vertebral de su movilidad. Las ciudades que han logrado reducir la siniestralidad y el caos vehicular lo han hecho apostándole al transporte público organizado. Cada usuario que migra hacia el sistema formal representa menos congestión, menos emisiones y menos exposición al riesgo.
La discusión no debe centrarse en perseguir al mototaxista, sino en consolidar una alternativa que resulte más eficiente y atractiva. Un SIVA fortalecido no solo ordena el tráfico; también dignifica el transporte, genera empleo formal y proyecta una ciudad más sostenible.
La movilidad urbana no se improvisa. Se planifica. Y si Valledupar quiere disminuir la accidentalidad, recuperar el espacio público y ofrecer desplazamientos más seguros, el camino pasa por respaldar y mejorar su sistema integrado de transporte.
La ciudad ya entendió que el caos no es una solución permanente. Ahora el desafío es convertir al SIVA en la columna vertebral de una movilidad más segura, moderna y humana.
